Zambia no tiene la culpa

 Finalmente llegamos a Zambia, donde oficialmente entramos en el sur de África. Pero con la llegada a este nuevo país también llegarían cambios fuertes, un cambio que jamás hubiera imaginado real pero que devino inminente; tan fuerte que para cuando uno pudo avistarlo ya era demasiado tarde para poder revertirlo. Zambia sería un país hermoso, pero que estaría signado por el dolor del cambio. 

  

De Chipata a Lusaka
Es un camino largo y muy aburrido el de la frontera malauí hasta la capital de Zambia. El paisaje se vuelve monótono y realmente no hay nada para ver más que bush, todo a nuestro alrededor. La dificultad del camino es nula, aunque bien se podría decir que un camino aburrido puede resultar tan difícil como uno de pendientes empinadas, porque matar el aburrimiento en caminos monótonos no es nada fácil. Por suerte, los zambianos son gente excepcional. Aquí en Zambia, se nota el primer gran cambio cualitativo de la llegada al sur de África. En poco tiempo se vuelve muy evidente el mayor nivel de educación de la gente independientemente de su riqueza material, algo que se volvería constante a lo largo de casi todos los países en camino hasta Ciudad del Cabo.  La principal evidencia es el final definitivo de los incesantes “mzungu, give me money!!” (hombre blanco, dame dinero!!).
La impresión inicial es que la gente humilde es amable, y aunque al igual que en casi todo África, un blanco es por su color instantáneamente asumido como un hombre rico, aquí no se le persigue como a alguien que ha llegado sólo para regalar dinero, ni se lo señala obscenamente en cada esquina. Acá nos sentimos aceptados más como iguales, y eso es un sentimiento que no tiene precio luego de tantos meses en los que frecuentemente se marca la diferencia siempre bajo el prejuicio inquebrantable en la psique de un africano, de que todos los blancos somos inimaginablemente ricos. En todas las aldeas que me detengo, percibo alegría de la gente, como una suerte de orgullo de que haya decidido a detenerme para visitarlos y pasar un tiempo allí. La comunicación deja de ser un problema porque los zambianos han sido colonia británica y hablan muy buen inglés.
Semanas atrás cuando estábamos cruzando el oeste de Tanzania, un árbol apareció en nuestro camino, un árbol enorme que se convertiría en nuestro árbol de los sueños y compañero por el resto de África, el mango. En aquel momento lamentábamos estar pasando por infinitas hileras de mangos cuyos frutos estaban aún muy verdes para poder comerse; no podíamos creer nuestra mala suerte. Sin embargo, lo que no sabíamos era que cuánto más avanzáramos hacia el sur, no sólo no se acabarían estos árboles sino que habría aún más y ofrecerían ya frutos maduros. De repente ya en Malawi, los mangos, esparcidos por todos lados en las aldeas, se convertirían en nuestro elixir de todo los días. Formaría parte de nuestra dieta diaria como lo es en la de la gente local. En cada aldea se puede ver a niños y grandes con largas cañas de bambú para bajarlos de los árboles y luego venderlos por centavos a los lados del camino.
Para cuando llegamos a Zambia, los árboles explotaban de mangos, había más mangos que piedras en el piso, y como he mencionado ya alguna vez en entradas anteriores de este blog, hay muchas maneras diferentes de pensar en un paraíso. Para mí, un lugar en el que a lo largo de sus caminos lo que más veo a mi alrededor en el piso son mangos, es realmente el cielo en la tierra. Así nos hemos alimentado con sobredosis diarias de esta exquisita fruta a lo largo de todo el camino.

El fin en Lusaka
Hay veces que no entendemos por qué hacemos y nos pasan ciertas cosas en la vida, al menos no en el momento que ocurren; a veces hay que esperar días, semanas, meses y hasta incluso años para llegar a comprender y comprendernos, y en el camino ser castigado con la pérdida de la oportunidad de la redención. 
Llegamos a Lusaka luego de pasar semanas difíciles como equipo, y allí mismo, Josefina decide volverse a Europa…pero Julia también…y en ese mismo momento, fue cuando todo mi mundo literalmente se derrumbó y nada nunca volvería a ser lo mismo. Aquí lamento cortarles la novela, porque este blog no es un culebrón y los detalles quedan reservados a la privacidad, pero así fue básicamente como un día, una unión que creía indestructible se vino abajo como un castillo de cartas abatido por una suave brisa. Así fue como me quedé una vez más, solo, y ahora a tan sólo 5 días de navidad, preparándome para pasar las fiestas más tristes que recuerdo en 36 años de vida.
No tenía consuelo el día que salí de Lusaka, cuando la angustia resultaba tan asfixiante que fue tan sólo producto de la inercia lo que me permitió pisar los pedales de mi bicicleta para salir de la ciudad. Atrapado en una neurosis de sentimientos de dolor, remordimientos, culpa, extrañamiento y el más horrible de los desasosiegos, a duras penas avanzaba a la vez que dejaba a mi paso un río de lágrimas. Sabía que durante las noches venideras ese vacío en el pecho del tamaño de mis ruedas sería tan insoportable que no me dejaría dormir, por eso me propuse imprimir toda la fuerza posible hasta agotarme físicamente y dejar que el agotamiento me venciera durante la noche. Sin embargo, nada era suficiente, el primer día hice 160 km en 7 horas (usualmente hago 100 km en 6 hs) pero mi cuerpo está tan increíblemente fuerte después de tantas batallas libradas en este mundo, que Zambia ni siquiera dispone de los caminos requeridos para poder agotarlo. 

Al final del día me acerco a la iglesia del pueblo y busco al Padre para pedirle lugar para dormir. El Padre Sebastián, un adorable sacerdote zambiano, sale del salón para recibirme con una hermosa sonrisa de bienvenida. Trato de esgrimir mi mejor sonrisa, pero al poco tiempo de comenzar a explicarle qué hacía allí y pedirle si tendrían un lugar donde pudiera pasar la noche, Sebastián me interrumpe en seco, como si no me hubiera estado escuchando en absoluto y me dice: “Nico, tú estás muy triste”…….. Me quedé sin palabras en ese momento y cuando logro reencontrame con las palabras, trato de no quebrarme al explicarle qué me pasa. Me toca el corazón cuando con el afecto de un hermano me dice – ven por aquí, puedes quedarte con nosotros cuanto quieras – 

 A la mañana siguiente necesito salir a la ruta de vuelta para que la angustia no me consuma, hay algo en las endorfinas que no me cura pero al menos me ayuda a mitigar el vacío insoportable que siento. Antes de salir, el Padre Sebastián llama al Padre del pueblo 150 km más adelante, de la iglesia de la misma diócesis. – Emmanuel, recibe a Nico por favor, un ciclista que llegará esta tarde por allí- Le dice. 6 horas más tarde, 150 km, sigo sin lograr sentir ni el menor cansancio, cuando le estoy tocando la puerta al Padre Emmanuel, quién me estaba esperando en su día libre con la habitación ya lista. Al conversar mientras mira un partido de fútbol en su salón, en un momento me dice: -Nico, a ti te pasa algo….¿estás bien?”. Ya empiezo a preguntarme qué tienen los sacerdotes zambianos que saben leer tan bien a la gente que no conocen. 
 

El Padre Emmanuel me despide a la mañana siguiente llamando al Padre Cletus del pueblo 170 km más adelante. – “Padre Cletus, estoy con un amable viajero en bicicleta que necesitará un lugar donde quedarse allí esta noche,¿ lo podría recibir?”.  Al final del día mis piernas siguen sin sentir cansancio cuando el Padre Cletus me invita a tomar un té y me muestra la habitación en su casa. Una de las personas más inteligentes y cultas que he conocido en mucho tiempo, el Padre Cletus me habla de su trabajo para elevar el nivel de la educación de la gente local y se interrumpe a sí mismo para decirme “pero Nico, tú no estás bien…”. Joder! ahora sí, me voy a mirar al espejo a ver si tengo algo escrito en la frente, o estos curas son videntes o doy tanta lástima que resulto evidente!!
Finalmente llego a Livingstone un día antes de Navidad, 490 km y he llegado en 3 días y unas pocas horas, comienzo a creer que esta tristeza me podría hacer ganar el Tour de France si lo corriera ahora, y supongo que el dolor como motor no saldría a la luz en el anti-dopping. En la iglesia de Livingstone, a tan sólo 8 km de las cataratas Victoria me recibe el Padre John, amigo del Padre Cletus. Será por el momento emocional que atravieso y porque encima caiga en esta inesperadamente solitaria Navidad, pero John fue una de las personas más especiales y sobre todo, humanas, que he conocido en este viaje, una verdadera lección de vida. El Padre John se volvería mi amigo en los 3 días que me quedé con él, solitos en la residencia de la iglesia.


 En Noche Buena, decido ir a la misa de Navidad, desafortunadamente dictada por el arzobispo y no por John. Aún así fue muy bonita, porque la espiritualidad cristiana con sangre africana tiene una energía mucho más hermosa y positiva que la de occidente (en mi percepción). El baile alegre, la música sin bemoles, el canto efusivo, no importa qué religión sea, en África llena el alma de energía positiva. Por un momento encontré paz en esa unión espiritual de los cristianos. Yo nunca he creído en ningún dios creador ni todopoderoso pero mientras miro a esta gente tan conectada mirando hacia la cruz, me gusta fantasear con tener esa capacidad que aparentemente ellos tienen, de …¿obtener.?.. las respuestas a nuestros problemas, en ese ser imaginario que sin embargo para ellos es tan real.
Antes de las 12 llega John y junto al él cenamos, mientras disfruto con avidez de escuchar todas y cada una sus historias de vida con la atención de un niño. Gracias a su compañía pasé la mejor de las peores navidades posibles. Su amistad y su afecto, el mejor de los regalos que me trajo papá Noel en este espantoso final de año. Ahora sólo me queda encontrar el escape al año nuevo.
Finalmente antes de partir hacia la frontera con Botswana, paso por las cataratas Victoria, cuya majestuosidad me deja la mandíbula en el piso, y esto no es poca cosa para quién viene del país de las cataratas del Iguazú. Esta inmensa ranura calada en la tierra de hasta 108 metros de profundidad a donde cae el río Zambezi es inimaginable, hay que estar ahí para entenderlo. No hay foto que pueda capturar la inmensidad de este lugar, es demasiado impresionante como para reflejarlo en una imagen. 
Al principio me apenaba el hecho de que llegaba en uno de los momentos de menor caudal del año, donde su plenitud no podría ser realmente apreciada, pero más tarde me enteré felizmente, que en el momento pico del año, es tanta la espuma del caudal de agua que prácticamente no se ve absolutamente nada. Muchos también aseguran que del lado de Zimbabwe se ven aún más impresionantes, me cuesta imaginarlo.

Hasta un momento mejor Zambia
En Zambia llegó un dolor punzante a mi vida que marcaría un punto de inflexión muy feo en este viaje, uno que no deseo, que rechazo y al cual me resisto. En Zambia me lastimé horriblemente y con ese mismo dolor me voy del país, pero Zambia no tiene la culpa por lo que nosotros, los estúpidos humanos, hacemos. Zambia, y los zambianos en particular, me han encantado. No sé qué hubiera sido de mí sin el afecto que recibí, cuidándome como a uno de ellos. No es el país más diverso del mundo, la monotonía del bush eventualmente aburre, es cierto, pero tan sólo asomarse al balcón de las cataratas Victoria para que todo el aburrimiento previo haya valido la pena, una visión de estas cataratas vale los 1000 km de tedio. No sé si volveré a Zambia, pero sé que si volviera, será un lugar en el que seguramente me sentiré muy cómodo; por otra parte espero que de ser así, Zambia también tenga la suerte de ver al Nico feliz y radiante que solía ser junto a su doncella de hierro.
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