El circo de Omo


ADVERTENCIA: muchos de los comentarios y opiniones que leerán a continuación podrán resultar muy ásperos, pero prometo que son el más fidedigno reflejo de la experiencia frecuentemente miserable de cruzar Etiopía en bicicleta. Dada la radical diferencia que existe entre quienes viajamos en bicicleta por este país (y de aquellos que andan por el mundo a pie),con los que viajan por medios motorizados, no me siento particularmente predispuesto a aceptar objeciones ni cuestionamientos de quienes no lo hayan atravesado de la misma mane 

La salida de Addis fue el punto de arranque de nuestro largo escape de Etiopía. Ya habíamos pasado mes y medio en el país y nuestro estado anímico general y nuestra predisposición se deterioraban exponencialmente cada día extra que pasábamos en este. Salir de Addis fue inusualmente tranquilo, pasando casi desapercibidos sin ser molestados por nadie. Tanto que al final del segundo día, un aire de optimismo nos llenaba los pulmones, lo peor parecía haber quedado atrás ya y los últimos días se perfilaban como buenos. Ibamos en camino hacia las tierras remotas e inhóspitas de los países tribales y uno de los cruces fronterizos más enigmáticos del continente, pero para llegar allí descubriríamos que lo peor no había siquiera aún llegado.


Un infierno que nunca se acaba.

 
Al tercer día luego de salir de Addis llegamos a Shashamane, la cuna de los rastafaris en Etiopía. Llegaron para asentarse allí desde Jamaica en los años 40, invitados por el gran Ras Tafari, Haile Selassie, emperador de Etiopía por 44 años. Es un lugar con ya muy mala reputación y donde comenzaría (continuaría) el infierno. Si el norte etíope por momentos se asemejaba a un zoológico de gente incivilizada, el sur es lo más parecido a un manicomio al aire libre lleno de lunáticos. 

La gente, esta maldita endemoniada gente etíope del sur le sumó a la tan notable costumbre de los piedrazos del norte, un repertorio mucho más grande y variado de hostigamiento. Salimos de Shashamane y las hordas de niños atacándonos por diversión se volvieron las peores de todas, no sólo por la cantidad de ellos, sino porque aquí, a diferencia del norte, los adultos se paran a matarse de risa viendo a los niños hacernos la vida miserable. Los incentivan, los alientan y nos miran a nosotros volar de la furia con placer. Ahora ya corrían al lado nuestro poniéndonos palos en las ruedas, colgándose de la bicicleta, gritándonos, empujándolas para que nos cayésemos. Las chicas adolescentes me sonreirían simpáticamente al verme venir, para luego pegarme un manotazo sorpresa en el brazo al pasar a su lado. Los jóvenes se acercaban a centímetros de la cara y lanzaban risas histéricas de dementes psiquiátricos. Al ir en bajada, el único momento en el que nadie podía hacernos nada hasta el momento, aquí nos tirarían troncos o ramas en el camino para que nos cayéramos yendo a toda velocidad. Y como si todo eso fuera poco, el toque final: yendo rápido cuesta abajo, un demonio etíope de unos 11 años logra zamparle un brutal latigazo en la espalda a Julia, con esos látigos de cuero largos con los que arrean a las vacas. Julia lanzó un grito de dolor en el aire y por suerte no se cayó de la bicicleta, mientras estos cretinos pre-adolescentes etíopes hijos de una gran puta se partían el culo de la risa mirando la situación por haberle dejado una franja morada de 40 cm en la espalda y el culo. Algunos kilómetros más tarde, un niño  de unos 9 años que viene en hilera cargado leña, romper fila, cuando por pasar, levanta una piedra del piso y cuando estoy a 2 metros me la tira a quemarropa y me pega en el pecho. Es inútil correrlos, siguen evaporándose en segundos. 

Durante los 3 días que nos llevaría llegar a Konso, en las puertas del Valle de Omo, terminaríamos pedaleando con nuestras varas de bamboo permanentemente en nuestra mano, empuñándolas como una espada que utilizábamos para amenazar a los que se nos acercaban de modo de poder mantenerlos lejos.  Más tarde, para cuando llegamos a Arba Minch, sintiendo el cuerpo enfermo del odio, advertimos muy rápidamente que la gente de allí tenía un nivel cultural más alto, sabían más inglés: a los “give me…esto o lo otro” ahora se sumaban los frecuentes “fuck you faranji” (vete a la mierda hombre blanco) seguidos de un estallido de carcajadas arrogantes en tono burlón. 

La redención que había de a poco comenzado a concederle a este país gracias a las experiencias de Wukro, Mekele y Addis, ahora quedaría enterrada para siempre. Confirmo lo que una y otra vez dicen los ciclistas, los caminantes e incluso muchas otras personas: los etíopes, en su gran mayoría, son una verdadera mierda de gente, al menos los que nos hemos cruzado en estos 52 días tan difíciles de describir. 

Entrar en otro planeta

Luego de los días infernales que habíamos pasado, con nuestro espíritu ya muy deteriorado por tantos sentimientos venenosos, llegamos a Konso, y luego de una larga última subida teníamos delante de nuestros ojos al mítico Valle de Omo, según dicen, la cuna de la civilización. Fue en las orillas del río Omo donde se encontraron los primeros restos fósiles del homo sapiens y hasta el día de hoy es el hogar de una población de 200.000 personas repartidas en más de una docena de tribus diferentes que mantienen costumbres ancestrales y viven primitivamente. 


Salir de Konso y descender al valle de Omo es ya una salida parcial de Etiopía y es lo más similar a entrar en un universo paralelo. Los etíopes se reducen a una pequeña minoría, el paisaje se vuelve más árido hasta llegar paulatinamente a ser desértico, el camino pasa a ser completamente plano y al poco tiempo de rodar por allí, comenzamos a cruzar a sus habitantes. Ya no estamos en ningún país, estamos en un planeta aparte. 


Una cosa es haber visto repetidas veces a las tribus del mundo en los fascinantes documentales de National Geographic, pero otra muy diferente es estar como pedaleando dentro de uno de ellos. Es una sensación indescriptible ir por estos caminos de polvo y de repente, de la nada, cruzarse con un jóven Konso que te mira extrañado, al poco tiempo una mujer Hamar con el cuerpo exquisitamente decorado, luego un niño Karo que mira las bicicletas como a un objeto del espacio exterior. Paulatinamente uno se encuentra rodeado de gente cuyos modos, costumbres e imagen te hacen sentir que acabas de dejar el lugar que reconocías hasta el momento como el mundo. Esto es otro planeta.


 

 Nos salimos del camino que están asfaltando los chinos para ir a Turmi y pasar por las aldeas Arbore. En casi todo momento la gente que nos ve pasar opta por ignorarnos completamente o detenerse para mirarnos con la misma curiosidad con la que nosotros los miramos a ellos. Es el primer lugar en el mundo donde lo que siento es un momento de fascinación mutua. Esta gente parece ir y venir de la nada. Uno mira alrededor y lo único que se ve es un inmenso desierto de arbustos secos, sin embargo la vida está presente en todos lados. 


Pero no todo es color de rosa, los efectos del turismo se hacen presente rápidamente, no tanto en los caminos que transitamos nosotros y la gente de las tribus que cruzamos en ellos, pero si al llegar a aldeas específicas a las que caen los grupos de turistas en 4×4’s con aire acondicionado sin un grano de arena en el pelo. Ver la llegada de ellos a una de estas aldeas es una escena digna de ser filmada para ver claramente los efectos destructivos del turismo irresponsable. Los turistas se bajan, toda la aldea los está esperando, cuando abren las puertas de las Land Cruiser, la gente se abalanza en masa sobre ellos gritándoles: “FOTO FOTO, YO! YO ! FOTO FOTO! YO YO, ELIGEME”. La gente se desespera por ser la elegida para la foto y los turistas sacan orgullosos sus cámaras para posar junto a esta gente “tan exótica”. Los integrantes de la tribu que eligieron les pasan el precio por foto! Mientras se toman las fotos hasta les cuentan los “clicks”!!!! Cuando terminan y vuelven corriendo a encerrarse en la tranquilidad de la 4×4,  los persiguen tirándoles de las camisas impecables diciéndoles que paguen por los 8,10,14 clicks que escucharon !! Lo más triste de todo es cuando estos acceden a hacerlo. Me he ido de estas aldeas con el estómago revuelto del asco, y como fotógrafo, habiendo perdido todo el interés de tomar una foto en ellas.



Luego están las aldeas donde se hacen los mercados semanales. A ellos acuden integrantes de todas las tribus de la región para vender los productos característicos que producen cada una. Son lugares fascinantes hasta que uno intenta entrar a caminar a través de ellos y un adolescente etíope reventado se te acerca para decirte que caminar por allí requiere de un guía y te cuesta 10 dólares.¿10 dólares por qué?- le digo a uno de ellos tratando de contener la furia interna que quiere agarrarlo del cuello. – Porque es una ley de acá – contesta y agrega -“si querés caminar por este mercado necesitás un guía”. ¿Un guía para qué? – le repito! ¿para caminar???. Sí – contesta desafiante. Pues yo no te voy a pagar ni un centavo, vete de aquí. Y no se van, y uno camina con tres o cuatro que intentan escoltarte fuera de la aldea. No son gente de la tribu, son etíopes oportunistas que sólo quieren dinero para ellos a costa de quienes viven allí. 

Finalmente están los rituales como el salto sobre los lomos de los toros, las danzas, la bebida de sangre de vaca, los latigazos a las mujeres, las circumsiciones de los niños y tantas cosas más. Eventos que se venden a los turistas con la misma frivolidad de los espectáculos de un circo. No tengo dudas de que deben ser interesantísimos y una parte de mí se desvive por participar de ellos, pero hemos elegido perdernos de todos porque pagar por ellos sería colaborar a perpetuar la frivolización de estas tradiciones y a contribuir a desvirtuar las costumbres de esta gente y eso va contra los mismísimos principios por los que viajamos de este modo.



A lo largo del camino, por donde las 4×4 pasan a 120 km/h dejándonos a todos cubiertos bajo una asfixiante nube de polvo, la situación es muy diferente porque la gente de las tribus nos ignora o nos mira en silencio con apatía, pero aún así, al tratar de entablar un diálogo o algo que derive en una fotografía, las demandas de dinero por ella son inminentes donde quiera que uno este. Son centavos que piden, pero aún así toda la situación se vuelve muy poco genuina. Es quizás uno de los lugares más fascinantes del mundo a los que he llegado en mi vida como fotógrafo y paradójicamente en el que menos fotos he sacado en mi vida. Toda la situación es como un gran balde agua fría para quienes nos gusta entablar un vínculo íntimo y desinteresado con quienes fotografiamos gente. Como fotógrafo, ha cambiado también la mirada que tenía de toda la fotografía, muchas veces impresionante, que he visto de estas tribus en el pasado. Pero sobre todo ha cambiado la imagen que tenía de aquellos fotógrafos que pasaron por aquí. Hoy que conozco el trasfondo de lo que ocurre aquí con la fotografía, veo aquellas mismas fotos que alguna vez me deslumbraron y han perdido todo valor para mí. 


El advenimiento de una catástrofe inminente.

 Esta amalgama cultural extraordinaria de vida milenaria que ha encontrado la manera de permanecer viva hasta en pleno siglo XXI, está finalmente por recibir uno de los peores ataques de su historia en nombre del falso progreso. En 2006, el gobierno etíope cerró un contrato corrupto de varios millones con una empresa italiana para construir la represa Gibe III sobre el río Omo. Cuando entre en funcionamiento, la misma destruirá todo el ecosistema y el modo de vida de estas tribus que han convivido aquí durante siglos. Forzará a desplazamientos internos e inevitables batallas territoriales en un lugar que, a pesar de sus históricas luchas internas, fue siempre esencialmente pacífico. 200.000 personas repartidas en más de una docena de tribus ancestrales verán probablemente el final de sus vidas y de su tradición misma. Todo su legado cultural pasará probablemente a ser visto en algún museo, mientras que los últimos habitantes seguramente terminen mendigando en las ciudades etíopes y otros eventualmente dejen sus atavíos para sumarse a la inmensa cadena de acumuladores de cosas a la que nosotros pertenecemos. Lo más triste de todo quizás, es que ninguna de estas personas cuyo universo es tan radicalmente opuesto al nuestro, tiene una remota idea de lo que les está por llegar. Todo se hace a sus espaldas en nombre del progreso. Un progreso que mata como bien lo explica el excelente informe de Survival International:  El progreso que puede matar
Para informarse más sobre el efecto catastrófico de las tribus de Omo pueden leer el informe también de Survival International

La experiencia de cruzar el valle de Omo en bicicleta me ha causado tanto deslumbramiento como tristeza. Estar junto a esta gente, convivir en su tierra durante nuestra travesía ha revolucionado a mi mundo entero y lo ha dado vuelta una y otra vez de pies a cabeza. He podido sentir claramente cómo nuestra modalidad y nuestra corriente de pensamiento corre por niveles radicalmente diferentes a los que mantiene esta gente haciendo de este lugar literalmente un planeta aparte. Sin embargo es una fascinación que fue acompañada de una fuerte tristeza. Tristeza por saber que todo este mundo paralelo está por ser impunemente destruido, extinto, aniquilado de la faz de la tierra para siempre por nosotros. Y por otro lado, comprobar una vez más los tan destructivos efectos del turismo irresponsable, el que sirve a gente que paga fortunas para ser traída a vivir una experiencia de zoológico humano vista desde la comodidad de una 4×4. Se paga por ver a esta gente y sus costumbres y rituales de la vida diaria como para ver un show en Broadway. 

El exceso y la irresponsabilidad con la que se maneja el acceso a este lugar ha desvirtuado los valores de estas culturas que son tan frágiles a nuestra influencia, haciendo que mucha de esta gente haya devenido en meros mendigos patéticamente desesperados, arrojándose a luchar por las limosnas de unas pocas monedas. Monedas que les arrojan aquellos que tan sólo llegan para volver a casa más tarde con las fotos junto a aquella mujer tan rara de labios y lóbulos estirados, llena de collares de colores, con las tetas al aire, que camina descalza, duerme en el piso dentro de una choza de paja y come todos los días lo mismo. Ellos vuelven felices con la foto de los lugares “exóticos” que visitan, a cambio de tirar unos centavos al aire para que la gente de las tribus se mate por ellos. Entre tanto, pagaron cientos de dólares a algún agente etíope a quien sólo le interesa hacer dinero banalizando a estas culturas, para llevarlos de “aventurita” en 4×4,  Todo se perfila a empeorar aún más, ya que los chinos están asfaltando casi todas las carreteras que conducen a las tribus más remotas. Con el asfalto, les llegará el fin de la inocencia también.


 Luego de varios días llegamos finalmente a Omorate, un pequeño pueblo mugriento y sin atractivo alguno que está nuevamente lleno de etíopes diabólicos. Este lejano rincón del planeta marca para nosotros el final tan esperado de este maldito país. De allí nos queda cruzar el río Omo y ahora sí, aventurarnos por uno de los estrechos más fascinantes que tiene este mundo, pero también uno de los más impredecibles, inestables e inseguros: la triple frontera entre Etiopía, Sudán del Sur y Kenia, planeta tribal. Nos queda un inmenso corredor inhóspito de arena a lo largo del lago Turkana. Es uno de los momentos a los que con mayor ansiedad he esperado llegar en mi vida, y ese momento finalmente está allí, bajo las ruedas de mi bicicleta.

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