Explosión de vida


Aterrizar en Nepal luego de 71 días de esterilidad Japonesa fue como volver a nacer. Se dice que el hombre es un animal de costumbre, y a veces se requiere de un salto abrupto para darse cuenta cómo uno fue acostumbrándose, quizás sin darse cuenta, a una determinada situación de vida. Bajarse del avión en Kathmandu fue como salir de un estado de anestesia general, todos los sentidos volvieron a aflorar rápidamente y se volvieron a sentir con mayor intensidad. Fue una explosión de vida, fue como la alegría que llega con la primavera luego de un largo y oscuro invierno. Es en el contraste tan fuerte donde me di cuenta cómo tanta asepsia japonesa había de alguna manera adormecido mi espíritu, y Nepal, con su descarga de estímulos fue la inyección que haría revivir todas las emociones. 


 Hacía 13 años llegaba a Nepal por primera vez, tenía 22 años y viajaba con mochila al hombro. En aquella oportunidad. pasé 22 días en la profundidad del Himalaya, superando los 5000 metros de altura, siendo testigo de las vistas más deslumbrantes que este mundo tiene para ofrecer. Luego de aquel viaje, supe que algún día volvería a este maravilloso país porque luego del mismo, nada volvió a ser igual. 13 años más tarde, a excepción del enorme crecimiento del barrio turístico de Thamel, el cual parece ser 13 veces más grande que aquel Thamel de 2001, Kathmandu sigue atrofiada en el tiempo, nada parece haber cambiado. Las aceras siguen sin existir, los edificios pareciera que fueron todos abandonados a mitad de su construcción, se caen a pedazos. El tráfico de autos, motos, buses, gente, vacas, bicicletas sigue congestionando todas las arterias haciendo de todo un verdadero caos de ruido. Las marañas de cables desafían la razón y uno comienza a creer imposible que este país funcione. 


Pero todo es vida, se siente, se respira y siento la misma fascinación que sentí 13 años atrás. El polvo se entremezcla con el perfume de las especias. Las tiendas pequeñas, el bullicio de vendedores y compradores regateando.


Los callejones estrechos, los templos por doquier metidos en el medio de una trama urbana sin aparente lógica para dar resguardo espiritual en este caótico paraíso, el cielo que se vislumbra detrás de telarañas de cables eléctricos que cuelgan de un lado al otro de la calle. Estamos en 2014 y hasta hoy, Kathmandu tiene apagones de hasta 16 horas diarias y nunca de menos de 10 horas. 


La mágnifica plaza Durbar sigue siendo espléndida, es el pulmón histórico de Kathmandu y a donde los nepaleses van a pasar el día. A pesar del caos, en ella se respira el espíritu relajado de la gente local. 


Es maravilloso estar de vuelta y ahora en bicicleta. Es invierno y las posibilidades en el alto Himalaya son limitadas, pero nos queda todo el cordón inferior y el Terai en nuestro camino a India. El tráfico de autobuses frenéticos en pésimo estado, las bocinas, los autos, despojan la belleza de los 200 km de valles montañosos que separan a la capital de Pokhara. Es la ruta más transitada del país, la hicimos con bastante pesar, poniendo en funcionamiento nuestras piernas luego de 50 días de descanso. Cuesta poner los engrananjes en marcha, sobre todo cuando hay que subir y bajar constantemente, pero todo vale la pena cuando la llegada a Pokhara está enmarcada por la gigantesca muralla del Himalaya delante de uno. 


 Lakeside, el distrito turista que bordea el lago Phewa de Pokhara, al igual que Thamel en Kathmandu, parece haber crecido 13 veces en tamaño en estos últimos 13 años, pero el efecto es mucho más exacerbado por el menor tamaño de esta ciudad. Si alguna vez Lakeside tuvo encanto, hoy ciertamente no lo tiene más y lejos atrás quedaron los años en los que fue un lugar idílico, pero su entorno sigue siendo el mismo escenario magnífico de los picos de la cordillera de Annapurna, con tres ochomiles fácilmente visibles desde las terrazas de los edificios. Luego de dos semanas entre Kathmandu y Pokhara esperando la maldita visa India, pudimos partir hacia el Terai. 
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