Entre la psicodelia urbana del futuro y la historia detrás de una vidriera

Psicodelia urbana
Llegar a Honshu es entrar en el Japón más desarrollado y también el más frío humanamente hablando, es la verdadera puerta de entrada a un par de siglos más adelante, donde todos los días se cuece la tecnología más avanzada y se da rienda suelta a los delirios del consumo más extravagante. Es un contraste fortísimo teniendo en cuenta que tan sólo dos meses atrás nos encontrábamos rodando en un espacio y un tiempo que se sentían bellamente prehistóricos y ahora en uno tan futurista que creo dejaría sin palabras al mismísimo Filippo Marinetti, o bien quizás representa de manera fidedigna su visión de la ruptura con el pasado y me atrevería a decir con el presente.


En Amagasaki, un tranquilo suburbio ubicado a mitad de camino entre Osaka y Kobe, encontramos lugar para quedarnos en la casa de Shingo, un ciclo viajero y ser humano excepcional que hoy tiene un barcito acogedor abajo de su casa, en un barrio silencioso de calles estrechas y casas tradicionales lejos del bullicio del futuro. Fue una bendición luego de llevar tantos días acampando en parques públicos.  

Desde su pequeño oasis pudimos explorar Osaka, la tercera ciudad más grande de Japón, donde todo se vuelve mañana, futuro. Autopistas superpuestas, velocidad, consumo, exceso, lujo, brillos y luces de neón que borran todo indicio de estrellas en el cielo. La máquina y el movimiento en su máxima expresión. Dotombori es el distrito donde el consumo no tiene límites y hordas de gente van y vienen cargando más bolsas de las que pueden llevar. Es una exhibición constante de poder, de vanidad y egocentrismo. Recuerdo una clase teórica en mis primeros años de la universidad, dictada por mi gran Maestro, el arquitecto Alberto Bellucci, dónde nos mostraba fotos de una pequeña ciudad Argentina donde las calles estaban atestadas de carteles. A ese exceso publicitario, donde el dueño de un negocio pone un cartel más grande que el del negocio de en frente y el de al lado uno más grande que el de este último para hacerse notar, bloqueando completamente la ciudad con porquería visual, Alberto lo definía como “los gritos de la ciudad”, un término metafórico pero tan ajustado a la realidad que nunca lo olvidé. En Osaka me vino una vez más a la cabeza. Si aquella pequeña ciudad Argentina de las fotos de Alberto gritaba, Dotombori deja sordo, ciego y mudo. 

Allí, todo parece tratarse de gritar publicidad y ganarle a la empresa de en frente. Contaminación visual que enceguece, fachadas enteras de edificios vestidas de marcas comerciales y modelos exuberantes. No dejaba de preguntarme quién podría trabajar o vivir viendo a través de su ventana la parte trasera de tanta psicodelia, supongo que aquel detrás de la teta de alguna modelo top mundial. 

Claro está desde un principio que Japón no teme a las crisis energéticas y derrocha toda la luz que falta en muchos países del mundo. Las fachadas de altísima teconología cambian de colores una y otra vez haciéndolas “bailar”, sin cesar, día y noche. 

La que en un momento es de uno o varios colores, al momento siguiente es de otros, y todo se mueve, nada está quieto por más de milésimas de segundo. Todo cambia todo el tiempo, nada es igual de un segundo para el otro, ni los edificios ni la gente. 

La historia en una vidriera

Luego de algunos días en Osaka pedaleamos el continuo urbano de 60 km hasta Kyoto, la antigua capital de Japón. Kyoto……voy a cerrar los ojos e imaginar que estoy allí algunos siglos atrás, será en otoño y me sentaré en uno de sus jardines cuya belleza en sí misma seguramente me elevará espiritualmente. Desde allí contemplaré una ciudad de shogunes samurais y geishas. Por las mañanas pasearé por sus decenas de exiquistos templos y en cada uno de ellos me sentiré más cerca de la iluminación junto a los monjes que irán y vendrán haciendo “clack clack” con sus sandalias de madera. No tengo dudas que a mi vuelta les diré que acabo de estar simplemente en la ciudad más hermosa en la que alguna vez haya estado. 


Es más que obvio que la realidad actual de Kyoto dista ampliamente de dichas imágenes idílicas pero también dista mucho de las imágenes que yo ilusamente tenía en mi mente antes de llegar. Kyoto recibe anualmente nada más ni menos que a la irrisoria suma de 50 millones de turistas provenientes de Japón y de todo el mundo, y el otoño es la segunda temporada con mayores visitas luego de la época del Sakura. Esto no es para decir que Kyoto es feo ni mucho menos, porque su fama la tiene más que bien ganada. La parte antigua de Kyoto es realmente una maravilla de ciudad, es un museo al aire libre a la japonesa de una belleza inconmensurable tal como lo es Roma en Europa y en otoño es deslumbrante. 


Sin embargo (y aquí sale el aventurero malcriado que usualmente tiene todo el lugar para sí mismo) es imposible que la experiencia no sea teñida por las horrorosas hordas de turismo en masa que hacen colapsar de manera extraordinaria todo lo bello que la ciudad tiene para ofrecer. Igualmente voy a darle un poco de crédito a los japoneses y decir que considerando el excesivo volumen de turistas, lo manejan todo más que bien. No debería esperarse menos, no hay que olvidar también que estamos en tiempos de capitalismo y la mágica espiritualidad que emanan los templos, jardines Zen y palacios devuelve miles de millones de yenes y hasta el monje más ortodoxo parece tener el signo del yen brillando en las pupilas. 

 Kyoto es una maravilla, pero casi toda su historia está hoy en día detrás de una vidriera y entrar a cada local tiene un precio. No es alto, todo ronda entre 4 y 5 dólares, pero si esperás ver todo lo que Kyoto tiene para ofrecer, un par de días de recorrer te pueden dejar con 400 dólares menos, sólo para ver sus mayores atracciones. Si tu presupuesto no da, te lo perdés, y uno se pierde mucho gracias a eso.

Si no se paga, no se ve y no queda más que hacer una selección y sacrificar bastante, tan simple como eso. Kyoto es ante todo un gran negocio; vende templos, palacios, jardines zen, santuarios, museos, aunque es indiscutible que vende calidad porque todo es extraordinariamente hermoso.

Hay ciertos espacios gratuitos y mágicos, dan un respiro a la billetera y lógicamente, en ellos se encuentran pocos o ningún turista, porque obviamente el bus del tour los lleva a donde tienen que vacíar más rápidamente la tarjeta de crédito. En ellos, cada jardín es un oasis. Todo lo que uno lee y ve en fotos de un jardín japonés es real. La sensación de paz que transmite el mismísimo hecho de estar en uno es difícil de descubrir, es como si sus milenarios diseñadores hubieran encontrado la receta para elevar el alma a través de la perfecta manipulación de los elementos de un jardín. 

Los colores del otoño no hacen más que aumentar la estimulación visual y sensorial en ellos. He estado en el otoño canadiense dos veces al menos y luego del mismo es realmente difícil sorprenderse, pero las especies de árboles japonesas son como una versión atomizada de las que se encuentran en occidente. Un árbol japonés debe tener 25 hojitas en el tamaño de una sola hoja de un arce canadiense, brindando texturas y transparencias de una densidad mucho mayor. Sus ramas no son rectas sino intrincadas y los árboles más bajitos. Los colores tamizan la luz y la tiñen de rojo, amarillo, naranja…casi como un caledoiscopio.

Al caminar por los callejuelas entre templos y palacios, las ramas van cambiando de color. A veces son amarillas.

Y dos pasos más adelante, son rojas

Y más adelante son todos los colores al mismo tiempo, es un empalago, es tan bonito que es difícil de creer. 
A Kyoto tampoco le faltan ríos cristalinos de color verde, la balsita pintoresca aunque sea para un bobo recorrido turista y por supuesto los árboles otoñales siempre enmarcando las perspectivas.

La noche es el momento de visitar Gion, el barrio de las geishas que hoy parece tener muy poco que ver con ese espacio enigmático descrito por Arthur Golden y es por supuesto un lugar absolutamente turístico. Aún así, las geishas siguen existiendo y se las puede ver en acción a la noche entreteniendo empresarios borrachos en alguno de los restaurants del barrio y durante el día escapándole a los turistas intentando sacarles una foto. Las callejuelas de Gion tienen igualmente cierto encanto, con sus restaurants en casas de madera tradicionales perfectamente conservadas. Estilo japonés en su máxima expresión. 


Así pasamos un par de días en Kyoto, una ciudad que a pesar de todo, debe ser probablemente una de las ciudades más hermosas  estéticamente que he visitado. Es un museo al aire libre japonés y tiene precio, pero vale la pena conocerla. De aquí, nos quedaría el camino de 500 km a Tokyo, pero no sin darle la vuelta a Fuji-san antes. 
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