Un poco de naturaleza


A pesar del virtualmente infinito continuo urbano que se experimenta a lo largo de las rutas japonesas, existen lugares en donde hay una relativamente mayor proporción de naturaleza. Jamás es naturaleza virgen, uno no viene a Japón precisamente en busca de aventura porque no la hay, pero es naturaleza al fin y en la isla de Shikoku en otoño, es especialmente muy bonita. Luego de haber tomado casi una docena de barcos y ferrys todo este año que pasó, algunos pasando por aguas tradicionalmente tempestuosas, resultaba casi sorprendente que nunca hubiera habido marea fuerte. Más sorprendente aún, sería que al cruzar a Misaki, en la península de aguas turquesas de Sadamisaki, llegara de color amarillo patito y casi vomitando. Menuda marea al salir de Saganoseki, me volteó al piso en tan sólo 10 minutos e hizo de los 60 restantes lo más parecido a estar por diversión dentro de una máquina centrifugadora de ropa en funcionamiento. No fue hasta el día siguiente en el que el dolor de cabeza remanente se me fuera finalmente. Me llamo Marino de apellido pero eso parece no haberme dotado de ninguna habilidad marítima extra. 

 

Shikoku es una isla montañosa famosa por sus 88 templos y los peregrinos que hacen el recorrido pasando por cada uno de ellos. 1400 km a pie, con mínimas posesiones, vestidos sobriamente de blanco, un sombrero en forma de cono y armados de un bastón para las arduas subidas y bajadas. Les lleva unos 60 días completarlo y se los puede ver a lo largo de todo el camino. Los pueblos son pequeños y en ellos es posible reconectar con imágenes más tradicionales japonesas después de tanto futurismo frenético.


Aparecen nuevos castillos en los pueblos y de menores proporciones, que ayudan a remontar imágenes de Japón que uno tiene dentro de tantas historias de emperadores, shogunes y samurais. 

Ya entrados en la prefectura de Ehime, el camino se vuelve muy bonito, entrando y saliendo de pequeños cañones densos en vegetación y árboles de colores, siguiendo ríos verde esmeralda cristalinos por una ruta que se vuelve cada vez más sinuosa. 


Los pasos de montaña en Japón, luego de los que llevo acumulados en mi vida, son verdaderamente una risa. Con pendientes del 5 o el 6% en caminos asfaltados como la seda, la más fácil de las bajadas Tibetanas es extremadamente difícil en comparación a una subida Japonesa. Puedo subir conduciendo con una mano y con la otra ir cambiando de música en el mp3 y apenas acelerar mi corazón. Para hacerlo aún más fácil, nunca hay que llegar hasta un verdadero cambio de aguas, hay túneles por doquier y para hacerlo más fácil sobre más fácil, tal como en Corea, hay túneles exclusivos para bicicletas. Su iluminación me hace sentir que circulo por alguno de los corredores de La Estrella de la Muerte, y en el eco de sus paredes al pasar rodando, puedo sentir a Darth Vader respirar en mi nuca cuando no llevo la espada de Obi Wan Kenobi para defender a mi princesa Leia. Hasta en pleno interior, Japón no te deja olvidar que es el país más avanzado en el mundo tecnológicamente. 


A los túneles se le suman los puentes que nos llevan de uno a otro lado del río para evitar pendientes y hacer todo muy simple. Los días se ponen radiantes aunque fríos pero son días de relax, no estamos en Japón en busca de adrenalina, o al menos de eso uno se debe convencer para no caer en el aburrimiento. 

En las rutas japonesas no dejamos de ver ir y venir a los fanáticos de las motocicletas. Es una sensación extraña, ya que entre todas las motos que nos pasaban predominaban ampliamente las Harley Davidson y no las Kawasaki Ninja.  La famosa motocicleta rutera estadounidense no sólo es una motocicleta de culto en aquel país sino que parece que aquí también. Me resulta curioso que luego de haber recibido dos regalos atómicos de Estados Unidos, los japoneses hayan decidido importar tantos cultos de allí, porque este no es el único, hay muchos otros. Los motociclistas locales invierten fortunas en “tunear” sus Harleys al extremo y se visten de cuero como rockeros para salir a lucirse en las rutas, haciéndose a imagen y semejanza de sus pares estadounidenses aunque sus cuerpos asiáticos no les hayan dado las largas barbas de los ZZ Top, ni una gigante panza cervecera. 


A mí jamás me han llamado particularmente la atención las motocicletas, pero algunas de estas son realmente impresionantes, y debo confesar que me dieron muchas ganas de probar cómo se siente montar una.

Pasado Kochi en camino a Tokushima, sólo nos quedó cortar la isla a través de los magníficos cañones de Oboke y Koboke, donde la ruta se vuelve un estrecho corredor entre paredes de colores y un retorcido río esmeralda rugiendo más abajo. 


La gran cantidad de buses de turistas desdibuja un poco la belleza, pero es Japón y hasta eso es más silencioso y ordenado que en cualquier otro lugar turístico del mundo.El segundo cañón, no es tan impactante como el primero pero sirve de una hermosa continuación del camino. 
Fueron días tranquilos de viaje fácil aunque de bastante belleza visual. Al llegar a Tokushima tomaríamos el último ferry para cruzar a la Honshu, la isla más grande con forma de banana que se ve en un mapa de Japón. La naturaleza se volvería una anécdota entre las poblaciones, el tráfico y las industrias. Era hora de emprender el camino final a Tokyo pero no sin antes pasar por Osaka y Kyoto. 

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