Pequeño gigante


 Corea del Sur es el país número 50 que visito en el mundo, y luego de casi un año de rodar mayormente por regiones tan remotas de Asia, fue como dar un brusco salto al futuro. Con el mismo, las rutas sobrecargadas de aventura que nos nutrieron de adrenalina constante durante tantos meses, llegaron temporalmente a su fin. La aventura se vería reducida a cero y quedarían atrás los caminos extremos y los climas rigurosos. Cómo sobrevivir con un bajo presupuesto en estas junglas congestionadas de tecnología, espacio hiper-reducido y precios exorbitantes sería el nuevo desafío. El goce ya no sería el hermoso cosquilleo de la adrenalina sino el deslumbramiento ante un mundo a veces tan tecnológicamente avanzado que resulta incomprensible.


Saliendo desde Beijing 北京, completamos en dos días los 300 km infernales hasta la ciudad portuaria de Qinhuangdao 秦皇岛, atravesando una vez más, otra sección de la envenenada provincia de Hebei 河北. Camiones, industrias y aire venenoso nos volvieron a acompañar hasta el último minuto. De China, claro está que no me despido, porque China es mi casa fuera de mi casa. Desde el puerto, partimos a bordo de un barco coreano de carga con espacio asignado para el transporte de pasajeros. 24 horas de navegación más tarde, estábamos cruzando en el océano, a modo de portal de bienvenida, el puente Incheon, que con sus 18.4 km, nos da el primer vistazo del desarrollo coreano. 


Llegar a Corea me intrigaba. Mi relación con los coreanos comenzó de muy chico. En los años 60′, Buenos Aires había recibido a una gran ola de inmigrantes coreanos (de los cuales los coreanos en Corea no tienen ni la más remota idea) y en consecuencia, durante toda la escuela primaria he tenido compañeros de dicho origen, algunos de los cuales eran muy buenos amigos míos. Sin embargo, recuerdo que las relaciones con ellos eran siempre de la puerta de su casa para afuera. Su padres les hablaban estrictamente en coreano y no solían incentivar la mezcla cultural sino todo lo contrario. 


El desembarco en Incheon y los 50 km de camino al centro de Seúl alcanzaron para sentir que estábamos ya en un mundo más adelante. El orden, la prolijidad, las luces de los edificios y los shoppings de lujo, el consumo, la calidad de los vehículos. No podíamos dejar de rotar nuestras cabezas intentando verlo todo alrededor. Los coreanos (como ocurre en muchos países asiáticos hoy en día) se levantaron de las cenizas trabajando en conjunto con la determinación y la sincronización de una colonia de hormigas. Hace tan sólo un puñado de décadas Corea era un país pobre, afectado por la guerra y sin mucha prosperidad a la vista. Hoy, como negando a su tamaño geográfico, se ha transformado en un gigante que va en camino a rivalizar el poderío tecnológico de Japón. Seúl es una urbe enorme y comprimida, ubicada en un terreno irregular y montañoso. En sus rascacielos y avenidas anchas brilla el futuro y en sus callejuelas bulliciosas aún perviven algunos vestigios del pasado, aunque incluso estos, como los mercados callejeros, han sido modernizados. Hoy son limpios, ordenados y los precios ciertamente no son los representativos de los mercados característicos de Asia. 



¿Conectados o encadenados?

 Siendo consecuente con el rumbo elegido por el país, Corea incorporó a la Constitución un artículo que establece como Derecho Humano al acceso a Internet. En consecuencia, este pequeño país tiene el tendido de fibra óptica más grande del mundo que provee Internet no sólo a todos sus habitantes sino que también supuestamente a las velocidades de navegación más altas en el mundo. Si bien los servicios personales son pagos, todos los pueblos y ciudades del país tienen puntos de acceso Wi-Fi libres y gratuitos. Nos bastaba parar en cualquier esquina, en cualquier poblado para encontrar acceso libre y rápido, algo que viniendo de Mongolia resultaba una experiencia casi surrealista. Como saben, Corea es la casa del gigante Samsung, una empresa que aquí promueve, entre otras cosas, la Samsung Life, un modo de vida donde toda la vida cotidiana transcurre utlizando los productos de la empresa, desde los Smartphones hasta los electrodomésticos, las publicidades muestran cómo un coreano promedio puede pasar toda su vida diaria conectado a ellos. 
 No hay virtualmente nadie en Corea que no tenga un Smartphone y desde el más rico hasta el más “pobre” tiene uno. Lo usan para TODO, para tantas cosas, que creo que el mismísimo acto de hablar por teléfono queda relegado a uno de los últimos usos del teléfono. Llega a niveles que yo personalmente encuentro enfermantes. No digo que antes del advenimiento de estas tecnologías la gente estuviera hablándole a desconocidos en el metro, pero aquí se ha pasado de la introversión hasta el autismo casi. Al igual que los iZombies de Hong Kong, a los cuales ya les dediqué una entrada en el pasado, los iZombies coreanos pareciera que no sacan la cara del Smartphone a menos que les caiga del cielo una granada norcoreana en los pies. 


Los metros y trenes a veces son silenciosos como un quirófano, cada uno con su Smartphone “living la Samsung life” en la Samsung Galaxy. A veces hay un frente de rebeldes que no los usa, pero sospecho que es porque se descuidaron y se quedaron sin batería. Cuando eso ocurre, parecen agruparse naturalmente, los conectados contra los no conectados. 


 Ahora, una sociedad de adictos a los Smartphones tiene un gran beneficio para un viajero. Cada vez que necesitamos indicaciones, preguntarle a cualquier transeúnte era un verdadero placer, porque no hay duda que tuviéramos que cualquier persona no disipara en segundos usando su Smartphone, porque hay que decirlo, los coreanos, cuando se interactúa con ellos, son gente realmente muy amable y simpática y la mayoría, excluyendo a los muy mayores, tiene un manejo muy decente del inglés, que no es poca cosa. 
Por otra parte, el uso de Smartphones y los juegos online, es causa principal de que una porción enorme de los adolescentes coreanos sea oficialmente diagnosticada de sufrir adicción a Internet. 
Belleza artificial

 Es increíble pero real, la fiebre de la cirugía estética es notable y es aparente en todos lados. Desde ver a gente que está obviamente operada de algo, hasta los anuncios de clínicas por doquier. En Corea, todos, principalmente las mujeres parecen querer y/o tener, una o muchas cirugías estéticas.  La más demandada es el agrandamiento de ojos. Por algún motivo que tengo aún muchísimos problemas en comprender, en Corea ( y también en China y Japón) se hace cada vez más popular esta cirugía que intenta transformar los ojos asiáticos en ojos occidentales. Los resultados son pavorosos, aunque supongo que ellos los encuentran bonitos…..vaya uno a saber…..
Según varios artículos de los últimos tiempos, las mujeres coreanas reportan sentir una angustiante necesidad de cambiar su imagen y ser otra persona. Para servir a esta necesidad de la sociedad, en Seúl, las clínicas de cirugía plástica parecen brotar como hongos después de la lluvia y hasta existe un suburbio que sólo tiene clínicas. 


 La vanidad parece no tener límite y en una estación de metro de Seúl, nos hemos quedado boquiabiertos entre la risa y el espanto viendo a una joven mirarse en el espejo de la estación, mientras esperaba, como si fuera el baño de su casa, haciendo la clase de gestos y poses que son sólo imaginables en privado, aunque aquí rodeada de miles de transeúntes. 


Tres días en Seúl, sirvieron no sólo para recibir el primer pantallazo del país sino para recibir dos envíos esperados con ansiedad. VAUDE, la marca alemana de la tienda que uso hace 3 años, me envió una tienda nueva, con un valor actual de 320 euros, sin costo alguno, para compensarme por unas roturas en mi ahora finada tienda anterior. Por otra parte, PRIMUS de Suecia, me envió también sin costo, la pieza esencial necesaria para devolverle la vida a mi cocina, para compensarme por el enorme malestar que tuvimos que pasar en pleno Mongolia sin la habilidad de cocinar. Finalmente ORTLIEB, también de Alemania, me envió piezas de reparación para mis alforjas, sin costo también. Una empresa no sólo es buena por sus productos sino también por el soporte que le da a sus clientes. A pesar de los problemas que tuvimos, no puedo más que recomendar el invaluable servicio que estas empresas le dan a sus clientes. No temer la hora del desastre y saber que uno tiene detrás el soporte inmediato de una empresa seria lista para responder en el acto, es algo que no tiene precio en un viaje de esta naturaleza.  Con tienda nueva, cocina y alforjas reparadas partimos hacia el puerto de Busan, en el extremo sureste del país.
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One thought on “Pequeño gigante

  1. Gracias por tu relato ¡¡,hay algo que no cuadra, parece ser que tanta tecnologia y snobs aisla a las personas, es gracioso lo que comentas pero la sonrisa se va tornando en tristeza miestras uno va meditando lo que explicas, con lo bonito que es la conversacion ¡¡no voy a preguntarte viajero, pero imagino tu respuesta ¿que prefieres las luces y gente mongolas? o la calidez del neon coreano? jejeje

    buenas pedaleadas …

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