Polvo de estrellas


Cuanto más viajo por el mundo más comprendo que el idilio no tiene una sino múltiples formas. Con el tiempo descubrí que son tan idílicas las playas de aguas turquesas cristalinas, como los picos nevados de las cordilleras o el infinito manto verde de las estepa. Que lo que cambia no es la belleza per se, la cual es siempre el denominador común de todo idilio, sino los efectos que los fenómenos producidos por determinada belleza tienen sobre uno. Esto hace que cada idilio se sienta de manera completamente diferente. El cruce del desierto de Gobi reveló a mis ojos una nueva forma de idilio que no hubiera imaginado posible, porque la imagen inicial que uno tiene de un desierto es la de un lugar desolado e inhóspito, y ciertamente lo es, pero el Gobi, a diferencia del puñado de desiertos que llevo cruzados, resultó ser una sorpresa deslumbrante que no esperaba.
 
Del verde al amarillo

La mayoría de los viajeros en bicicleta cruzan un sector del Gobi por la ruta que conecta China con Ulaanbaatar. La misma ya está asfaltada (por los chinos) casi en su totalidad y por su relevancia es la ruta más transitada (si bien es muy poco el tráfico) de este desierto. No me resultaba muy emocionante realmente y dado que no queríamos volver a Ulaanbaatar, decidimos emprender una arriesgada aventura. Cruzar más de 1200 km de crudo e inhóspito desierto por una región muy remota. Arriesgada no sólo por lo escasamente habitada y el reducido acceso a agua y comida, sino por la imposibilidad de cocinar debido a nuestro hornillo roto sumado a una tienda con muchos problemas y la ausencia total de indicaciones de cualquier tipo. Realmente no sabíamos con qué nos encontraríamos. Fue la primera vez en todo el viaje en la que tener el GPS resultaría medianamente útil y marcaría la diferencia entre poder salir y no salir del desierto. Menuda paliza nos esperaba.



El Gobi no es lo que uno generalmente asocia a la imagen de un desierto. Muchos hasta incluso habrán visto publicidades del mismo con camellos en fila andando sobre doradas dunas de arena al mejor estilo Sahara. Dichas dunas representan menos del 3% de este gigante y son reductos muy pequeños usados para llevar a los turistas como rebaño y probablemente dejarlos con una imagen muy errada de lo que es este vasto desierto. El Gobi es un inmenso y virtualmente infinito espacio cubierto de arbustos secos, arena, roca, polvo y hasta a veces algo de pasto. Es todo menos llano y son pocos los momentos en los que uno no tiene que estar subiendo o bajando . El pueblo de Hujirt marcó el punto de inflexión donde los tonos vivos del verde de la estepa se destiñen completamente volviéndose un pálido amarillo. Las poblaciones desaparecen por completo y los gers ya no aparecen por doquier sino cada muchos kilómetros de ausencia total de vida. Tampoco se los encuentra en el camino de uno sino que siempre se ven a lo lejos. Nuestra incapacidad de cocinar nos obliga a hacer muchos kilómetros extra al final de cada día hasta llegar a alguno de ellos. La experiencia es dura pero la recompensa es cada vez más grande. La hospitalidad y la alegría que vemos en los rostros de la gente del Gobi parecen volverse más y más grandes cuanto más aislado es el lugar por el que vamos. El afecto con el que nos reciben es incomensurable. No noto sorpresa por nuestra presencia, son nómadas y sospecho que ellos nos ven a nosotros como nómadas también. Nos cuidan, nos dan de comer, nos abren la puerta a participar un rato en sus vidas. Vivimos momentos que no tienen precio. Son aquella clase de momentos de intimidad en una cultura distinta en torno a los cuales gira toda mi búsqueda al viajar por este increíble planeta.


Experimentar la nada

Llevó tan sólo un día dejar atrás los primeros gers del Gobi e indefectiblemente comenzar a sentirse intimidado por la nada. Todo queda librado a nuestro instinto. Las huellas que seguimos se vuelven inconsistentes, aparecen con la misma facilidad con la que se disuelven en la arena. El GPS ayuda mucho para no perder el rumbo pero una huella que parece conducir hacia el rumbo correcto puede llevarte rápidamente en otra dirección sin siquiera notarlo. Es todo tan vasto, tan vacío, que todas las referencias son poco fiables. Es tan fácil perder el rumbo que por momentos no quiero sacar los ojos del GPS. Y la arena……la maldita arena que de manera cada vez más frecuente empantana las huellas. Las bicicletas se hunden y hay que bajarse a empujar, pero no es fácil, el peso y la presión del empuje la hunden, el esfuerzo necesario se vuelve cada vez mayor.


Hay pocas nubes en el cielo y el celeste es inmaculado, es final de septiembre y el viento con un silbido estridente rompe el silencio y a veces aturde. No hay nadie ni nada alrededor por decenas de kilómetros que nos cuestan cada vez más hacer. La soledad y la sensación de vacío de a ratos trae paz pero también ansiedad. 


Pasan los días y no aparecen vehículos en nuestro camino aún a lo largo de una huella grande. Uno que otro ger aparece lejos a la distancia, a veces tanta que su inaccesibilidad los vuelve tan reales como un espejismo. Vamos cargados con mucha agua y comida fría asquerosa que es lo único con lo que nos podemos alimentar en los días que no alcanzamos ningún ger. 


Los días de viento resultan insoportables. A veces es excesivamente fuerte y si bien contamos con la enorme fortuna de que pocas veces lo tuvimos en contra, bastaba con que fuera lateral para tener que pedalear inclinando la bicicleta en contra del mismo para no ser volteados por la fuerza de las ráfagas. Lo peor es que parece adaptarse a nuestra rutina diaria, comenzando a soplar por la mañana y soplando sin cesar de 6 a 8 horas continuas sin respiro. Debemos encapucharnos completamente porque es tanto, que luego de 4 horas comienza a hacer doler la cabeza. Es como sumarle un ejercicio físico extra a una tarea que ya de por sí es muy ardua. 


Cada tanto encontramos manadas de caballos sueltos, trotando solitarios por este vasto espacio sin fin. Es una las primeras veces en las que puedo verdaderamente apreciar su belleza animal. El viento los hace ponerse en grupos y a veces en posturas de una ternura que no puedo evitar sentirme movilizado. En pareja, se ponen paralelos a la dirección del viento y como abrazados, reposan sus cabezas en el lomo del otro, esperando el momento en el que viento los deje en paz. Se protejen. Me obligan a detenerme y juro que los podría mirar por horas sin cansarme. Están en completa fusión con la naturaleza, la entienden, son pacientes y juntos se apoyan a sí mismos. Sus cabellos vuelan en el aire y parecen buscar absorber del sol cada gota de calor que el viento busca robarles. Verlos me pacifica, me ayuda a lidiar mejor con mi enojo con el viento.   

La fuerza de la nada se apodera de uno. No importa la dureza del camino, la belleza no tiene medida. La aridez del Gobi no priva de colores y devuelve paletas de infinitos tonos de amarillo que se mezclan con tierras rojizas, púrpuras, marrones, grises. 


Los días comienzan a repartirse igualmente entre pedalear y empujar incansablemente, por huellas arenosas que transitan la nada conduciendo a la nada en este espacio inabarcable. Perderse completamente ocupó también una parte de esta travesía y no fue nada fácil reencontrar el rumbo, habiéndonos desviado 10 km y necesitando 16 km para reencontrarlo, sin tener huella a seguir y teniendo que sortear una geografía que no perdona a quién se equivoca. Son momentos en los que no hay que pensar qué sería de uno si el GPS o la brújula se rompieran. 

Vamos lento pero llegamos lejos. Llega un punto en que me doy cuenta que la belleza supera a la dureza y encontrar un ger accesible es el regalo más preciado de un día largo. Vivir desde adentro la vida de los nómadas es fascinante. En el Gobi las cabras toman el lugar de las vacas en la estepa y al final del día se las ata de la manera más ingeniosa imaginable, entrelazándolas unas con otras por sus cuellos con una soga. Lo hacen a una velocidad y con una habilidad que me cuesta creerlo. Quedan perfectamente alineadas, para que las mujeres vayan una por una ordeñándolas.


El afecto que la gente del Gobi nos da compensa cualquier dificultad pasada durante el día. Un hombre visiblemente enamorado de su nietita y acompañado por su familia nos invita a acampar pegados a su ger. Sabe que el viento trae mucho frío en los días nublados y sin saber de nuestras bolsas de dormir nos trae una pila de mantas gruesas para poner dentro de la tienda, pero antes de meternos en ella, nos deleitamos con varios bowls de leche de cabra recién hervida, la misma que había sido ordeñada minutos antes. 


Encontrar nómadas es también una bendición porque de no saber el camino a seguir son ellos y no el GPS los únicos que pueden ayudar. Su sentido de orientación es tan apabullante que me deja anonadado. Uno está en el medio de la nada absoluta, donde las huellas no tienen indicaciones, no hay puntos de referencia y 360 grados alrededor todo parece ser exactamente igual. Seguir una dirección es como indistinto de seguir la opuesta. Sin embargo, uno le plantea a cualquier nómada el lugar hacia donde uno quiere llegar y con una convicción de experto, mira al horizonte, extiende una mano y dice: “hacia allí tienes que ir, esa es tu huella” y la precisión es tan perfecta como la de un satélite puesto en la tierra, nunca falla. El GPS nos ha conducido varias veces al error, un nómada jamás. Es increíble, pero real. 


A los caballos y las cabras se sumó un nuevo animal en nuestro camino. Los camellos mongoles, verdaderos camellos de dos jorobas gigantes, no los dromedarios que se encuentran en casi todos los desiertos. Cada uno de estos animales de pura fibra, cubiertos de un grueso manto de pelo, es capaz de tomar hasta 200 litros de agua de una vez. Los encontramos sueltos en varios sectores del desierto. En general son tímidos y suelen correr al vernos pero otras veces se quedan observándonos con la misma curiosidad que nosotros a ellos. 

Los días son largos y aprovechamos cada minuto de sol, pedaleamos hasta el mismísimo final del día. Y es al final del día cuando la magia se cierne sobre uno. Los colores del atardecer transforman al paisaje del desierto, acercándolo a un paisaje más Expresionista que Impresionista.


El sol cae pero su resplandor puede tardar hasta dos horas en desaparecer, al tiempo que el cielo empieza a poblarse de incontables estrellas. Es un proceso mágico, un momento para sentarse a contemplar indefinidamente, no hay palabras para describirlo porque la mente no quiere ocuparse en el proceso de pensar. La experiencia de sentir lo ocupa todo. La belleza esquiva a la mente y se mete directamente dentro del cuerpo.


Para cuando finalmente la noche cae, todo comienza a vibrar dentro de uno. El viento del día muere con ella y lo que ocupa este vacío es el más absoluto de los silencios. Nunca sentí un silencio tan poderoso, tan invasivo, un silencio tan estanco que vuelve intolerable al ruido de la más sutil pisada y ensordecedora la estridencia del cepillo frotando contra los dientes. Mirar hacia arriba sublima el alma, es como si alguien hubiera sacudido un saco de harina y la hubiera esparcido por el cielo formando el mismísimo cosmos. La vía láctea es tan densa que se vuelve borrosa, es un gigantesco arco de un lado al otro del horizonte que uno quiere recorrer con la mirada de principio a fin una y otra vez. Es un universo tan infinito, tan inspirador e incomprensible a la vez. 


Dormir es sacrificar minutos de tanta belleza pero es imposible de describir la calidad del sueño en este, el más perfecto de los silencios. En 35 años vividos, tendría que pensar arduamente hasta poder recordar, de ser siquiera posible, un momento en mi vida en el que haya podido dormir tan pero tan placenteramente como durante las noches pasadas en el Gobi. 

Luego de unos 1000 km llega rápidamente el final de la magia. Llegamos finalmente a la conexión con el camino asfaltado a la frontera, de allí, tan sólo quedaban 200 km por una ruta increíblemente aburrida, con más tráfico y menos atractivo. Sigue siendo el desierto de Gobi, claro, pero ya nada era lo mismo, la belleza dejó de ser tan intensa como los días anteriores y a medida que nos acercábamos a China el horizonte de aquellos cielos inmaculados se iba volviendo una vez más, gris y poluido. 

Llegamos agotados y muy pobremente alimentados, sobreviviendo a pescado en lata asqueroso, pan viejo y paté de hígado de cerdo cada día. Julia sufrió todo el camino inusuales migrañas de origen desconocido que le hicieron de a ratos la vida bastante miserable. Una vez más mostró ser hueso duro de roer y siguió adelante (no es que hubiéramos tenido otra opción tampoco). Sin embargo, no dejo de comprobar que los tramos extremos dejan los mayores regalos en el alma, son aquellos que una vez superados,como siempre digo, nos dan la satisfacción de mostrarnos que hay más dentro nuestro de lo que sabemos. Dejan el sabor de haber vivido momentos realmente exclusivos donde uno tiene todo el lugar para sí mismo y donde la fortaleza de cuerpo y alma se ponen a prueba.

Luego de tanta sobredosis de belleza en la estepa, llegué a la puerta del Gobi con cierto escepticismo, creyendo que la experiencia restante del desierto sería más cercana a la tortura que a otra cosa. 1000 km más tarde salí sintiendo que las sensaciones que sentí producto de los efectos producidos por la belleza de esta forma de idilio, fueron hasta más fuertes que los de la estepa durante el mes anterior. Me encontré tan sorprendido por esta sensación que me llevó bastante tiempo creerlo. 

 Dejamos finalmente Mongolia luego de 55 días, 3200 km y 4 duchas, oliendo más a oveja que a humano y con polvo y arena hasta en el último intersticio de nuestros cuerpos. Burlamos magistralmente a la mafia de la frontera. Tuvimos la fortuna de encontrar a unos alemanes viajando en camión que nos llevaron esos 200 metros que separan los postes fronterizos. Una vez más, volvimos a casa, con una desesperación total por comer bien, en calidad y en cantidad. Nos quedaban aún 750 km para llegar a Beijing, pero en China ya todo volvía a ser fácil.  
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